Empiezas algo con ganas y a las dos semanas ya no está. Y la explicación que te das siempre es la misma: no tengo voluntad. Empezar cosas y dejarlas es una de las quejas que más escucho, y casi nunca es un problema de voluntad. La tienes. La estás gastando en otro sitio.
Casi siempre falla la decisión, no la constancia: qué vas a hacer exactamente, cuándo, y qué obstáculo esperas encontrarte. Sin eso, cada mañana vuelves a decidir desde cero, y ahí es donde se te va la energía que necesitabas para hacerlo.
Retocar el plan cada día es la mejor forma de no empezar
Hay una escena que se repite mucho. La persona tiene un plan. Lo ha pensado, lo ha escrito, incluso lo ha ordenado por fases. Y al día siguiente lo abre y lo cambia un poco. Y al otro, otro poco. Lleva semanas así.
Eso no es un plan, es un borrador permanente. Y engaña mucho, porque retocar parece trabajo: te levantas de la mesa con la sensación de haber avanzado. Pero además haces algo más cómodo todavía. Mientras el plan sigue cambiando, no puedes incumplirlo. No hay nada que falle, porque no hay nada decidido.
El coste no se ve, pero es exactamente lo que te falta después. Decidir cansa, y decidir lo mismo cada mañana cansa el doble. Cuando llega el momento de actuar, ya has gastado ahí la energía que necesitabas para hacerlo.
Un plan se decide una vez y se revisa en una fecha puesta de antemano, no cada día que amanece. Eso no es rigidez, es dejar de pagar el mismo peaje todas las mañanas.
Empezar pequeño no es empezar flojo
Hay una idea que hace mucho daño: que para que un cambio cuente tiene que ser grande, un sueño! Así que se espera al momento bueno, al lunes, al curso que viene, a tener tiempo de verdad. Y mientras se espera, no se empieza.
La envergadura de lo que hagas importa mucho menos de lo que crees. Lo que importa es que hagas lo que dijiste que ibas a hacer. Cada vez que cumples algo que te prometiste, por pequeño que sea, tu palabra vale un poco más delante de ti. Y cada vez que no, vale un poco menos.
Eso es lo que se está construyendo en realidad, y no es disciplina: es confianza. La confianza en uno mismo no llega de pensar mejor de uno mismo, llega de acumular pruebas. Quien lleva años incumpliéndose a diario no tiene un problema de carácter, tiene un historial.
Por eso conviene empezar por algo tan pequeño que resulte casi ridículo no hacerlo. No porque sea suficiente, sino porque lo que estás entrenando no es la tarea, es volver a creerte.
Lo que frena no es pereza
Cuando algo se queda parado meses, la explicación fácil es la pereza. Casi nunca es eso. Debajo suele haber algo bastante más interesante.
A veces es no verte capaz. No lo piensas con esas palabras, pero lo notas: empiezas a encontrar motivos razonables para retrasarlo, y todos parecen buenos. A veces es el miedo al cambio, que no es miedo a lo que viene sino a soltar lo que ya tienes, aunque no te guste.
Y luego está el que casi nadie nombra, el miedo al éxito. Suena raro dicho así, pero aparece muchísimo. Si esto sale bien, ¿Qué me van a pedir después? ¿Voy a poder sostenerlo? ¿Qué pasa con la gente que tengo alrededor? Fracasar es incómodo, pero es conocido. Salir bien parado te obliga a cambiar de sitio, y eso asusta más de lo que se admite.
Fíjate en que ninguna de estas cosas se arregla apretando más. Aquí no falta voluntad, hay una parte de ti que está protegiendo algo, y lo está haciendo bien. La pregunta útil no es por qué no me pongo, es qué me estoy ahorrando mientras no me pongo.
Estoy bien físicamente pues tengo más voluntad
Hay una parte de esto que no es mental y se pasa por alto casi siempre. Decidir bien es agotador, y un cuerpo cansado decide mal. Después de una mala noche no eres una persona con menos carácter, eres una persona con menos margen. Todo pesa más, todo se aplaza con más facilidad, y cualquier cosa inmediata gana a cualquier cosa que dé fruto dentro de tres meses.
Por eso funciona tan poco el plan que empieza el lunes con seis cambios a la vez. Quien duerme cinco horas, come de cualquier manera y no se mueve en todo el día no tiene un problema de voluntad. Tiene el depósito vacío y encima se está culpando por no llegar lejos.
En las sesiones esto aparece más de lo que la gente espera. No como un consejo de salud, sino como lo que es, la base sobre la que se sostiene todo lo demás que quieras hacer. A veces el primer objetivo razonable no es el proyecto grande, es dormir.
Lo que Whitmore llamó voluntad
John Whitmore, que fue piloto de carreras antes de convertirse en uno de los nombres fundacionales del coaching en la empresa, dejó un modelo de conversación que se sigue usando en todo el mundo. Tiene cuatro pasos, y el último es el que nos interesa aquí. Lo llamó voluntad.
Pero no se refería a apretar los dientes. En su esquema la voluntad es lo que ocurre al final de una conversación bien hecha, cuando la persona dice qué va a hacer exactamente, cuándo lo va a hacer y qué obstáculo espera encontrarse por el camino. Sin ese cierre, avisaba, la conversación puede haber sido interesantísima y no pasar absolutamente nada después.
Ahí está todo el asunto. Voluntad significa dos cosas distintas y las confundimos sin darnos cuenta. Una es aguantar el tirón. La otra es querer, decidir, tener voluntad propia. Cuando alguien dice que no tiene voluntad está hablando de la primera y concluyendo que no tiene poder sobre su vida, que es un salto enorme y bastante injusto.
No te falta voluntad, te falta una decisión. Y una decisión concreta, con fecha y con los obstáculos ya previstos, es algo que se puede trabajar. Eso es exactamente lo que hacemos en sesión.
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Plan de acción personal
Decidir una vez, con fecha y con los obstáculos previstos, y dejar de rehacer el plan cada mañana. Eso es lo que trabajamos juntas en este programa.
Ver el programaSi llevas meses empezando algo que no arranca, podemos hablarlo. Cuéntame tu situación y vemos si el coaching te puede ayudar.
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