Qué hace que un equipo funcione (y no es tener a los mejores)

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Qué hace que un equipo funcione no es la suma del talento de sus miembros, sino la manera en que ese talento se coordina. Un equipo funciona cuando hay una idea compartida anterior a los nombres, cuando cada persona se siente igual de necesaria, cuando quien dirige se comporta a diario como pide que se comporten los demás, y cuando el mérito se reparte. Ninguna de esas cuatro cosas se instala en un trimestre.

España ganó el Mundial el pasado 19 de julio. Tenía figuras, por supuesto, pero lo que se comentó al día siguiente no fue el talento de ninguna de ellas: fue la forma de trabajar de un equipo que llevaba trece años construyéndose. Y eso, que parece una conversación de fútbol, es la misma conversación que tenemos en una sesión con alguien que dirige personas y no entiende por qué su gente cumple pero no se implica.

Bando de pájaros volando en formación sobre un cielo claro

No es juntar a los mejores

El talento no es un mérito, es una materia prima. Tenerlo no garantiza nada, igual que tener buenos ingredientes no garantiza una buena comida. Un grupo que suma a los mejores no es automáticamente un equipo: a veces es solo una colección de personas brillantes que se estorban.

Un equipo empieza a existir cuando alguien decide primero cómo se va a trabajar y después quién encaja en esa manera de trabajar. En ese orden, y no al revés. Porque una persona con menos brillo, pero hecha para esa forma de hacer las cosas, rinde más que otra deslumbrante que no encaja. Los equipos que funcionan no se construyen coleccionando nombres, se construyen alrededor de una idea que los nombres vienen a servir.

Esto tiene una consecuencia que en las sesiones aparece mucho: nadie tiene talento en abstracto. Se tiene talento para algo, en un contexto determinado y con unas personas determinadas. Buena parte del desgaste profesional que veo no viene de gente sin capacidad, viene de gente valiosa colocada en un sitio donde su talento no cabe, convencida de que la que falla es ella. A veces la pregunta no es qué me falta, sino dónde encajo.

Lo que hace que un equipo funcione es lo que se repite

Un equipo se sostiene sobre cosas que se repiten, no sobre cosas que se anuncian. La primera es que nadie sobra. Cuando una persona intuye que es decorado, que su presencia no cambia gran cosa, deja de coordinarse con los demás mucho antes de decirlo en voz alta. Sigue cumpliendo, eso sí. Cumplir es lo último que se pierde, y por eso engaña tanto.

La segunda es que quien dirige se comporta a diario como pide que se comporten los demás. La confianza no es un sentimiento cálido, es previsibilidad: confiamos en quien se comporta igual el lunes que el jueves, delante y detrás. Por eso el liderazgo se transmite mucho más por lo que el grupo ve hacer que por lo que oye decir, y quien dirige a base de discursos suele generar menos confianza, no más.

La tercera es que alguien renuncia. Siempre. Para que el conjunto funcione, alguien deja de hacer aquello en lo que brilla y hace lo que hace falta, que casi nunca es lo que se ve. Y esa renuncia tiene un precio que conviene nombrar: quien sostiene al equipo desde detrás construye menos marca personal que quien destaca.

La cuarta es que el mérito, cuando llega, se reparte, sin regatearle la celebración a quien lleva tiempo recibiendo críticas. Ninguna de las cuatro se instala en un trimestre. Se instalan a base de repetirlas cuando nadie aplaude, en una empresa, en un departamento o en una casa. Esa es la parte que no sale en los reportajes: los años en que un equipo se está construyendo y por fuera todavía no se nota nada.

Colaborar no es decidir entre todos

Conviene decirlo porque se confunde mucho. Una forma de trabajar más colaborativa no significa que las decisiones se tomen en asamblea. En el equipo del que hablamos alguien decide, y decide cosas duras: quién juega y quién se queda fuera, qué se hace y qué se deja de hacer. Eso no se vota.

Los equipos que intentan volverse colaborativos confundiendo las dos cosas acaban todos en el mismo sitio: reuniones eternas, todo el mundo opinando y nadie responsable de nada. Y esa sensación, que se instala muy rápido, de que aquí las cosas no avanzan.

Lo colaborativo no está en quién decide, está en cómo se trata a cada persona dentro de una decisión que alguien tiene que tomar y después sostener. En que se escuche antes, en que se explique después, y en que quien queda fuera de una decisión no quede fuera del equipo.

Hay una imagen que lo explica mejor que cualquier definición. En una ola, el agua casi no viaja. Cada partícula describe un pequeño círculo y vuelve más o menos al mismo sitio. Lo que recorre kilómetros no es el agua, es la coordinación entre ellas. Nadie es la ola. La ola solo existe como una manera de moverse juntas, y en cuanto esa coordinación se pierde, lo que queda es agua suelta.

Y no es solo una metáfora: hay una línea de investigación que estudia los equipos deportivos como sistemas colectivos, en los que el comportamiento del conjunto emerge de las interacciones entre sus miembros y no se puede explicar sumando lo que hace cada uno por separado.

La ola se forma lejos

Se ha repetido mucho estos días que ese equipo ha ganado marca, y que la ha ganado con valores. Es verdad, pero conviene decir cómo funciona eso, porque no funciona como parece. La marca no se declara, se deja. Nadie construye su marca personal decidiendo qué valores quiere transmitir: la marca es el poso que dejan los comportamientos repetidos, y siempre la escriben los demás. Tú decides cómo te comportas el lunes y el jueves. El resto lo reconstruye quien te mira.

Y hay una parte que casi nadie dice: el reconocimiento llegó porque además ganaron. Si el balón hubiera entrado en la otra portería, esa misma forma de trabajar no habría dado marca a nadie, habría dado un titular sobre un equipo blando. Eso no invalida nada, lo coloca en su sitio. Puedes decidir cómo trabajas. No puedes decidir que te lo reconozcan, ni cuándo.

Es una de las conversaciones más frecuentes que tengo: personas que hacen las cosas bien, que sostienen a su gente, y que sienten que no se entera nadie. Es el mismo asunto del que hablaba al tratar cómo se gana influencia en el trabajo: hacer bien tu trabajo es necesario, pero no basta para que te lo reconozcan. La respuesta no es dejar de hacerlo. Es saber que lo que está en tu mano son las condiciones, no el resultado. Nadie gana un Mundial. Lo que se hace es construir durante años las condiciones para que ganarlo sea posible, y después soportar que el balón entre o no entre.

La ola que rompe hoy en la playa no se formó en la playa. Se formó lejos, con el viento soplando sobre el mar abierto durante días, a cientos de kilómetros de la orilla. Vemos el estallido y no vemos su origen. Con los equipos pasa lo mismo: lo que un domingo parece un triunfo repentino llevaba años formándose donde no había nadie mirando.

Así que si diriges a alguien, en el trabajo o en casa, la pregunta útil probablemente no sea cómo consigo que esto funcione ya. Es más bien qué estoy repitiendo estas semanas, cuando todavía no se nota nada y no aplaude nadie.

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